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SÉPTIMO DÍA: Las Colinas negras, donde habitaba Manitú.

Una mole inmensa oscura, moviéndose con mucha lentitud, se iba acercando a nosotros. Afortunadamente un riachuelo se interponía entre él y nosotros. Se quedó mirándonos y cambió su trayectoria. Se acercó a una mesa de la zona de acampada y husmeó en los restos de pan que habían. Con la misma lentitud desapareció en el bosque.

 

Ejemplar de bisonte americano a su paso por un área de recreo y creando el pánico total, en busca de golosinas.

Ejemplar de bisonte americano a su paso por un área de recreo y creando el pánico total, en busca de golosinas.

Se trataba de un bisonte, un ejemplar de los millones que hubo en tiempo pasado y que, en la actualidad, apenas quedan algunas poblaciones en zonas muy concretas como el parque estatal de Black Hills. Muchos carteles en el parque anuncian que el visitante no debe acercarse a los bisontes, no por ser fieros sino por su tremenda envergadura.

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CUARTO Y QUINTO DÍA: Minneapolis y Sioux Falls.

Tras las vicisitudes pasadas al comienzo del viaje, parece que la situación se estabiliza y al no depender de factores externos, tenemos la seguridad, siempre parcial por supuesto, de llegar a nuestro destino a una hora convenida y adecuada, sin cancelaciones de vuelos ni demás problemas. Estamos en Minnesota, el estado de los 10.000 lagos, aunque realmente son algunos más, y dormimos en Minneapolis. Ciudad muy agradable y cómoda para vivir, que ha desarrollado un urbanismo típicamente americano de ciudad media de 400.000 habitantes, muy limpia y con unos medios de transporte suficientes, incluyendo una red de modernos tranvías.

Este es el estereotipo de edificación de la cadena hotelera Motel 6, una de las que mejores precios ofrece por la calidad que te otorga

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Es la ciudad más artística y progresista de las grandes praderas del norte y con suficientes teatros como para “competir con Nueva York”, según anuncia la publicidad del municipio, pero sobre todo me gustaría subrayar la amabilidad de sus habitantes. Íbamos andando por las aceras amplias de la ciudad y buscábamos un restaurante para comer. Preguntamos a un viandante y no sólo buscó en su teléfono la dirección sino que nos acompañó para que no tuviésemos ningún problema. Desgraciadamente estaba cerrado. No obstante, buscó otra vez en su teléfono móvil y nos recomendó que bajásemos por la calle Lamarque hasta un edificio modernista que alberga la oficina principal de correos y que cruzásemos el río y buscásemos en su ribera izquierda “Wilde Roast”. El río lógicamente era el Missisipi y la ribera izquierda y la derecha, estaban flanqueadas por gran cantidad de especies arbóreas y entre ellas se situaban las terrazas de los restaurantes e la zona. Sigue leyendo