Del var al bar

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEn un país tan jacarandoso como el nuestro era inevitable que el var del mundial de fútbol se confundiera con el bar donde abrevamos mientras pontificamos y arreglamos el patio. En el bar nos citamos para jalear al otro var si nos da la razón en la jugada decisiva o para envainárnosla tan ricamente si nos la quita. Porque el var, oiga, es tan infalible como el Papa, mientras que en el bar se especula frecuentemente entre vapores etílicos. Lo cual resta solidez científica a las conclusiones. El var es como Dios, que todo lo ve. Eso sí, en vez de omnisciencia a mansalva utiliza tecnología a raudales y una legión de árbitros para aclarar a los clientes del bar o a los televidentes hogareños, que también frecuentan los productos espirituosos pero a precio de supermercado, si Fulano metió el gol en fuera de juego y si a Mengano le hicieron la falta dentro del área rival. El var es, en suma, el Gran Hermano de Orwell pero bienintencionado: se trata de que nadie se vaya de rositas de la misma manera que el dueño del bar intenta evitar que sus parroquianos abandonen el local sin pagar la consumición.

El var es bueno porque reduce a dos las posibilidades. Y si aún quedan dudas, siempre estará el colegiado para equivocarse. Además, zanja el debate en un plis plas y dicta sentencia en un suspiro, digan lo que digan los del bar. Convierte el dilema en certeza en tiempo tasado. Su estructura argumental, como la del teatro, es introducción, nudo y desenlace. Si el var se pudiera aplicar a otros órdenes de la vida como el judicial nos evitaríamos instrucciones eternas trufadas de debates estériles y de dilaciones provocadas por el abuso de recursos y contrarrecursos que, so capa de garantizar derechos, acaba con la paciencia del administrado y con las existencias del mueble bar, que es donde apaga su sed y su desazón.

Con el var, por ejemplo, podríamos haberle puesto cara al menda que contaba dinero proveniente de comisiones ilegales dentro de un coche en lugar de tener que quedarnos solo con la voz del que parece ser el expresidente de la Diputación de Valencia Alfonso Rus. De haber estado el artilugio instalado en el despacho de Luis Bárcenas conoceríamos sin vacilación posible si en la destrucción de los discos duros de los ordenadores del extesorero del PP intervino el martillo pilón o la sierra radial. También sabríamos si la migraña que ha esgrimido la expresidenta de la comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, como pretexto para no comparecer ante el tribunal por los problemas de masterización trucada que han acabado con su carrera política son reales o ficticios. Un var junto al botiquín del cuarto de baño habría puesto los puntos sobre las íes en un santiamén sin necesidad de que el juez enviara a un perito forense para determinar la veracidad de la excusa.

Con el var no caben apelaciones a cortes de superior instancia: lo que hubo es lo que se ve casi en tiempo real. Y al que no le guste, que no mire. De haber habido vares en el momento oportuno y en los lugares adecuados Rajoy y otros tantos políticos como él distribuidos por toda la geografía española no podrían haberse parapetado tras la ignorancia para eludir la parte de responsabilidad que les corresponde en la promoción inicial y en la posterior gestión del fenómeno de la corrupción.

En los tiempo de las fake news, que son los mismos de siempre, no nos engañemos, de las mentiras oficiales, de la manipulación de la realidad y de las intoxicaciones no hay transparencia sin var. Por eso se impone que las instituciones políticas y sus organismos delegados implanten esta tecnología en los consejos de ministros, las reuniones de los grupos parlamentarios, las negociaciones sectoriales, los encuentros discretos o secretos sobre los Presupuestos, etcétera. Así comprobaríamos si lo que dijeron que iban a hacer o afirmaron que nunca harían se corresponde fielmente con lo que consta en una grabación que podría pasarse a continuación en el bar de la esquina. Lo que nos íbamos a reír.

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Comentarios   

0 #1 Heriberto 16-10-2018 22:47
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