El diluvio que no cesa

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSegún cálculos recientes la corrupción nos cuesta quinientos euros por cabeza al año. Los datos más conservadores elevan a 25.000 los millones que se pierden, que no llegan a donde deberían o que viajan a lomos de oscuros mecanismos fiscales en el proceloso laberinto del mangoneo. Otros analistas elevan la cifra a cerca de noventa mil millones o, lo que es lo mismo, el 4,5 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) nacional. Las fuentes documentan diez episodios de corrupción al mes, con siete mil personas detenidas en los últimos cuatro años relacionadas con este deporte nacional de alto riesgo social y mayor rentabilidad económica.

Pues bien, pese a la hecatombe que representan los números si se colocan unos detrás de otros de forma aleatoria o premeditada, desde el año 2000 España es el país europeo en el que más ha empeorado la percepción de la corrupción. Ha pasado de la posición ocho en 2012, en plena efervescencia de casos, a la 20 de la actualidad, cuando la Justicia, lenta y tortuosa, lleva trimestres recogiendo mediante sentencias, firmes o sujetas a recurso, o con la finalizaciones de las instrucciones y el señalamiento de fechas para la apertura de los juicios correspondientes, los frutos que sembró a lo largo de la década.

Ignoro si en los fríos datos barajados por los estudiosos de un fenómeno que ha contribuido al empobrecimiento moral y dinerario del país se incluyen los daños colaterales provocados por la depredación y el latrocinio sistemáticos. No sé si se pueden medir en euros los destrozos ocasionados en la confianza que debe imperar en el contrato firmado por los ciudadanos con sus representantes, que se han situado por derecho propio en el ojo del huracán junto a colaboradores indispensables que operan desde el mundo de la empresa y las finanzas. Pero lo cierto es que resulta alarmante el descenso de la percepción antes mencionada porque puede indicar que a) estemos dando por hecho ingenuamente que asistimos al final de una pesadilla; y b) que la tolerancia o el pasotismo, la ausencia de vigilancia en cualquier caso, se haya instalado entre nosotros ante la sospecha de que esto no lo arregla ni Dios como nociva derivada del severo entrenamiento al que hemos sido sometidos en materia de hartazgo.

Los más optimistas pueden respirar aliviados ante la circunstancia de que Eduardo Zaplana continúe en prisión provisional por su turbia actividad cuando era presidente de la Generalitat, o que su conseller y conseller del investigado Francisco Camps, el redomado sinvergüenza Rafael Blasco, purgue culpas en establecimiento penitenciario por robar a manos llenas fondos destinados a la cooperación internacional. Pueden descorchar cava ante los suculentos resultados que viene ofreciendo la investigación multitentacular de la trama Gürtel, con decenas de procesados, encarcelados y condenados, o frente a la apertura de juicio a otro exjefe del Consell, José Luis Olivas, al enchironamiento de Bárcenas y Urdangarin, a los avances penales inexorables en torno a la saga Pujol y al tres por ciento catalán. Que tiren cohetes si se lo pide el cuerpo con la entrada en los tribunales de los ERE andaluces, y de la Púnica, y de todas y cada una de atrocidades perpetradas por indecentes con pedigrí como Rodrigo Rato y por otros que, todavía en grado de presunción y revestidos con la solemnidad de la toga, expedían títulos y másteres fantasma con los que estudiantes no menos ectoplásmicos pero con mucha ínfula política enriquecían o empobrecían, según su mire, sus ficticios historiales académicos.

Pueden, en fin, entonar el oé-oé-oé o cualesquiera otro ridículo himno deportivo como si hubieran ganado el partido por goleada. Pero si piensan que el desbarajuste forma parte del pasado, se confunden. Para recordárnoslo, y aprovechando que estamos en pleno agosto, basta con irse a León. Allí podemos comprobar que ni la hidra se toma vacaciones ni los gestores públicos toman nota pese a la experiencia acumulada. Allí acaba de escribirse un capítulo más del culebrón de la basura al conocerse que el alcalde de la localidad, el popular Antonio Silván, y el consejero de Fomento y Medio Ambiente de la región, Juan Carlos Suárez-Quiñones, mantuvieron conversaciones con el empresario encarcelado José Luis Ulibarri –un clásico en estas y otras lides equiparable al alicantino Enrique Ortiz– sobre adjudicaciones y contratos, llegando incluso a informarle en tiempo real de la marcha de los espurios negocios.

El asunto suena añejo, casposo, antiguo, inconcebible en los tiempos que corren ¿no? Pues mira, no. Las grabaciones que demuestran las relaciones entre la administración municipal y autonómica y el personajillo privado, plenipotenciario, si, pero personajillo al fin y al cabo, fueron obtenidas por la UDEF entre septiembre y octubre de 2017. Anteayer como quien dice. O sea que el pasado está aquí porque la corrupción es inveterada, transversal, orgánica, epidémica y puede llegar a actuar como barbitúrico.

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Comentarios   

0 #2 BestEdward 27-10-2018 15:01
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0 #1 BestJulieta 16-08-2018 18:09
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