L’Escola Valenciana

JUAN NAVARRO

Juan NavarroLos primeros años de la dictadura franquista fueron de una tremenda represión, a veces hay que solemnizar lo obvio: Juicios sumarísimos, en ocasiones a personas que no habían tenido nada que ver con la guerra civil, recordemos el caso de Eliseo Gómez Serrano, condenado en abril de 1939, pocos días después de terminar la guerra y ejecutado el 5 de mayo. La prohibición de lenguas diferentes del castellano o español fue una constante bajo la amenaza de detención, juicio y “chabolo”. Sin embargo, a partir del comienzo de los sesenta y llegada de los turistas, con sus divisas necesarias para la autarquía que comenzaba su plan de estabilización, se suavizó la prohibición de muchos tabúes franquistas y entre ellos la lengua.

En Valencia había una asociación: Lo Rat Penat que impartía cursos en valenciano por correspondencia. Volvían las publicaciones en la lengua de los valencianos y se reeditaba Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, Joan Fuster y Nosaltres, els valencians, Enric Valor y demás autores publicaban sus libros en nuestra lengua sin problemas y en Cataluña aparecía la Editora General S.A. (EDIGSA), donde grababan Joan Manuel Serrat, Francesc Pi de la Serra, Guillermina Mota, Marina Rossell, María del Mar Bonet y otros miembros de Els setze jutges, aunque Lluis Llach, siempre “diletante” solía grabar para otra discográfica. Los últimos años del franquismo no fueron sino una dictablanda, excepto los terribles episodios del juicio a Salvador Puig Antich, en 1974, joven anarquista, conocido como el “Metge”, y las juicios con cinco penas de muerte al Frap y Eta en 1975.

En los últimos 20 años del franquismo, se recuperó lentamente la normalidad en el uso del valenciano y el catalán, el euskera y demás lenguas vernáculas, e incluso era un toque de distinción hablarlo como signo de “progresía” y conocimiento.

En 1983, con la llegada del gobierno autonómico y su primer presidente: Joan Lerma i Blasco, los anteriores fueron presidentes del “ente pre autonómico”, se publica, el 23 de noviembre de 1983, la “Llei de l’us i ensenyament del valencià”.

Nunca, durante el gobierno de Juan Lerma, hubo ningún problema con la aplicación de dicha ley que, entre otras cosas, indicaba que, en la enseñanza media, todos los profesores debían conocer y utilizar el valenciano o el castellano independientemente y que los ciudadanos podían dirigirse a la administración autonómica y municipal en cualesquiera de las dos lenguas, pero insisto, nunca existió ningún tipo de problemas a la hora del uso del valenciano o castellano.

Sin embargo, a partir de ese momento, determinados colectivos denominados “progresistas”, cercanos a partidos extraparlamentarios, tanto de derecha como de izquierda, enarbolaron la bandera de la lengua para hacerse oír y escuchar. Per un costat els blavers utilizados por la derecha para imponer la banda azul en la senyera i per l’altre el PSAN, Partit Socialista d’Alliberament Nacional, para reivindicar la senyera de la Corona de Aragón, a pesar de que el estatuto de autonomía establecía la Senyera del Rei Jaume con su franja azul como la oficial de la Comunidad Valenciana y eligiendo este nombre en lugar de País Valencià para designar a nuestra comunidad autónoma.

La política es la ciencia de lo posible y Joan Lerma cultivó ma non troppo a esos colectivos “progresistas” con el fin de sacar un puñado de votos y para ello los financió en sus actividades exigiendo posteriormente su obediencia electoral. Esto fue una realidad clamorosa en las elecciones de mayo de 1995 cuando Joan Lerma pacta con Eliseu Climent, editor catalanista, la creación del Bloc de progres, que, en un desesperado intento de cortar la llegada de Zaplana a la Generalitat, se movilizó en toda la Comunidad con unos resultados efímeros pero con una financiación astronómica.

El progresismo que es perezoso por naturaleza, vio un filón en esa actitud y perdido el poder por parte de la izquierda, se reinventó, a través de colectivos populares, los mercados medievales, muixarangas, dolçaina i tavalet, escola valenciana, correllingua y correfocs y demás paridas que únicamente servían para mantener a una pléyade de personajes que encontraron en ese caldo de cultivo la posibilidad de vivir del cuento.
Todos hemos visto en las localidades de la CV titelles, correllingua, correfocs, bous al carrer, la dolçaina, y demás actividades financiadas con dinero público pero últimamente, tras la llegada de Compromís al gobierno valenciano, un colectivo brillaba con luz propia: L’escola valenciana y por orden la vicepresidente señora Oltra, En Mónica, se declara que dicho colectivo tendrá prioridad a la hora de recibir las subvenciones de ayuntamientos, diputaciones y demás instituciones donde gobernemos, rezaba y no cito textual un escrito al que he tenido acceso.

Hoy nos enteramos que Ismael Vicedo, el “compañero” de María José Espuch que confundía a los “últimos de Filipinas” y de la guerra de África, con calle en Alicante, con militares golpistas participantes en la guerra civil, era el máximo responsable de L’escola valenciana en Alicante y que recibía financiación para los actos de exaltación para mayor gloria de Compromís y su gente y el sistema era bien sencillo, se trocean los contratos para que el interventor no ponga problemas pues no supera el límite máximo. Pero si sumas, tacita a tacita, nuestro héroe Vicedo recibía cuantiosas subvenciones, cuando los “curritos” de su edad, trabajando más de las cuarenta horas semanales, apenas sobrepasan los 14.000 euros anuales. ¿Qué le parece, querido lector? Eso es solidaridad obrera: “primero yo, segundo yo y si sobra algo, para mí”.

Ignacio “Natxo” Bellido, que aparte de no saber concordar frases en castellano, es un demagogo “lerrouxiano” (yo bebo hoy este excelente champaña porque es el que beberán las clases populares mañana, dijo Alejandro Lerroux), intenta salvar los muebles y defiende a Espuch, pero hay una frase acuñada por mi añorado Antonio Moreno, vicepresidente que fue de les Corts Valencianes: “Juan, a ésa le ha cagado la moscarda”, y es cierto. Y mientras tanto la “luz de metis” y uno de los “siete sabios de Sión”, el Conseller transparente Manoliño Alcatraz (Sic), mira para otro lado porque el payo de Bellido es de su cuerda. Y para terminar de arreglarlo, Su Eminencia Reverendísima Oltra afirma: “Si el interventor ha firmado, no hay nada que comentar”.

El alcalde de Alicante, Luis Barcala, ha decido en un acto de higiene política, financiera y coherencia lógica, cortar a l’escola valenciana cualquier subvención y posibilidad de organizar un evento hasta que la historia no se aclare.

Mientras tanto, como a la Conselleria de Sanidad le tocó en la pedrea del Botánic al PSOE, los de Compromís miran para otro lado cuando en el Hospital Comarcal de la Vila aparece una plaga de sarna y en el Hospital de Sant Joan d’Alacant se cierran cinco quirófanos por contaminación fúngica, o sea, de hongos. Pero es lógico ya que estos “progres” cuando se trata de acudir al hospital, prefieren el privado puesto que la habitación es individual y no te expones a coger una “gonorrea” por contaminación fúngica. Ché pito, que diría Pamblanco.

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