Todo por detrás

JESÚS ALONSO  

A todos los políticos se les llena la boca con la separación entre los poderes del Estado como garante del buen funcionamiento de la maquinaria del Estado de derecho. Todos los partidos defienden como gatos panza arriba la independencia de los jueces, de las instancias judiciales y de sus órganos de gobierno. Y todos los jueces enarbolan su libertad de criterio a la hora de tomar decisiones dictadas, dicen individual y colectivamente, única y exclusivamente por la objetividad probatoria, por el rigor procedimental y por la aplicación estricta de las leyes. No hay servidumbres ideológicas ni resoluciones tomadas al dictado de intereses partidistas. Ni siquiera se admite la existencia de presiones de ningún tipo y, en caso de que se sospeche su presencia, todos, políticos y jueces, partidos y órganos judiciales, sacan pecho, tiran de Constitución, echan mano de reglamentos internos, apelan a la insobornable profesionalidad de los togados y santas pascuas. Hasta la próxima, pueblo mío que vives en la inopia.

Llevamos con la misma retahíla la intemerata de tiempo. Pese a que vemos, con asombro todavía, cómo los partidos se parten la cara para colocar a los que consideran sus peones togados -porque se dejan- en puestos que pueden resultar vitales para sus intereses estratégicos y tácticos, nuestros prohombres y promujeres siguen insistiendo en la ficción. Intercambian cromos y promueven cambalaches como si no tuvieran enfrente un público que les observa atentamente entre irritado y ofendido porque se ve a sí mismo como un convidado de piedra en la gran fiesta de la simulación. Menos mal que de vez en cuando aparece un alma cándida que da la razón a la mayoría silenciosa que no se traga el sapo de que la pureza es privativa de la Virgen María.

Pongamos que hablo del portavoz popular en el Senado Ignacio Cosidó, que ha armado la de Dios es Cristo con un whatsapp enviado a sus 145 correligionarios de la Cámara Alta en plena crisis de credibilidad de la Justicia en el que se jacta del acuerdo logrado entre su partido y el PSOE para poner al frente del Supremo y del CGPJ al magistrado Manuel Marchena, lo cual, según sus cuentas que a buen seguro son las del PP, permite a los suyos ‘controlar la sala segunda’, única competente para enjuiciar a diputados, senadores y miembros del Gobierno ‘desde detrás’. La consecuencia inmediata de la indiscreción, más propia de un tontolculo que de un exdirector general de la Policía –bueno, el inefable Juan Cotino también fue lo segundo, ¿no?- , ha sido hacer saltar el apaño que había indignado a las asociaciones judiciales no tanto por el fondo como por las formas y obligar al designado a retirarse del campo de batalla ante una declaración de intenciones que ponía su credibilidad y su prestigio personal a la altura del betún. Además de dar combustible a los políticos independentistas catalanes procesados está sirviendo como munición de grueso calibre para que los partidos sigan guerreando tan ricamente como vienen haciendo con denuedo a propósito de lo que sea.

La expresión ‘por detrás’ es lo que añade al disparate un complemento insultante. Por la puerta falsa entra casi todo en la España reglada e institucional: desde las relaciones financieras y mercantiles no declaradas por ilegales entre gobiernos y empresas hasta los sorpresivos cambios de criterio respecto a quién, si el banco o el hipotecado, debe de pagar el correspondiente impuesto. Entrar por detrás denota una intencionalidad clara de ocultar algo, de traicionar, de engañar no solo al enemigo. Al pueblo soberano se le da habitualmente por ese sitio contra su voluntad mientras delante se le coloca un atril con un tratado completo de transparencia y otras ejemplaridades perpetradas a mayor gloria de una democracia sana y competitiva con los países del entorno.

Algo sabrá Cosidó de la entrada secreta a las cloacas del Estado. Sobre todo si se verifica que siendo responsable policial destinó ochenta agentes a espiar al extesorero del PP, Luis Bárcenas y a rescatar documentos comprometedores para sus compañeros Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Javier Arenas y Dolores de Cospedal. A lo mejor el hiperactivo heredero Pablo Casado no le va quedando otro remedio que echarlo. Por la escalera de servicio, claro.

 

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