Debates de altura

JESÚS ALONSO  

Me ocurre con el presidente de la Diputación de Alicante lo mismo que a Woody Allen con Wagner. Si al cineasta y actor le apetecía en ‘Misterioso asesinato en Manhattan’ invadir Polonia cuando se empachaba con el compositor alemán, a mi me sobreviene la perentoria necesidad de calar la bayoneta, encajarme el casco, llenar el macuto de barritas energéticas y echarme al monte, pongamos el Bolón, para gritar desde las alturas, parafraseando a su vicepresidente Alejandro Morant, ‘mierda de democracia’ cada vez que oigo la terminología que utiliza César Sánchez en su cotidiano desglose del memorial de agravios que inflige el Consell a la provincia.

Sin entrar en el fondo de la cuestión y, por lo tanto, sin pretender quitarle ni darle la razón, que siempre es poliédrica, lo que más llama la atención en su cruzada contra la pérfida Generalitat es el lenguaje cuasi bélico que emplea para enardecer a las masas y convencerlas de que las tropas acantonadas en el Palau e integradas por separatistas, golpistas, comunistas y gentuza de toda laya se disponen a conquistar el territorio que regenta desde el palacio provincial para entregárselo a los independentistas catalanes.

Da lo mismo que se refiera a la problemática del agua o que aluda a la desaparición de las diputaciones, a la invasión de competencias propias por parte de la administración autonómica o a la gestión del turismo, a la enseñanza o a la agricultura, a la carne o al pescado. El hilo conductor es idéntico y las conclusiones las mismas: cuidaos, niños, que viene el lobo para comerse nuestras ovejas y entregar nuestros bienes y haciendas al aciago proyecto que busca la destrucción de España. El también alcalde de La Vila convierte la saludable reivindicación en la caricatura que emana de todo exceso y su machacón y fácil mensaje victimista se da de bruces con la pregunta que se hace buena parte de la tropa alicantina: ¿y para qué quiere el lobo tantas ovejas? Alístaste, la legión te llama, parece decir.

El apocalipsis terminológico según Sánchez, tiene no obstante su correspondencia en otros ámbitos de la insensata vida política nacional. El maximalismo y la sobreactuación, el insulto -incluido el insulto a la inteligencia del administrado- y la ofensa, la tergiversación y la falta de respeto al contrario alcanzaron su cénit en la sesión del Congreso en la que fue expulsado el pintoresco Gabriel Rufián, un espécimen de difícil catalogación que se ha empeñado en entrar en la historia del parlamentarismo por la vía del exabrupto. El rifirrafe con el ministro de Exteriores Josep Borrell y la espantada de los diputados de ERC con evanescente escupitajo incluido propiciaron la rápida presencia de Morant en Facebook, reducto cibernético al que ya acudió con anterioridad para reclamar la deportación masiva de inmigrantes porque nos van a convertir al islam a mansalva si no les paramos los pies.

El vicepresidente y alcalde Busot que, como está mandado, argumenta en su descargo que se interpretaron mal sus palabras, se dejó llevar por el ruido y por la furia y de ahí su escatológica definición de democracia. Y conste que tras lo acaecido en el hemiciclo no era para menos. Ocurre, sin embargo, que el grotesco episodio allí vivido es, por más que insufrible y escandaloso, episódico. Lo que convierte la democracia en detrito orgánico es sobre todo la corrupción. Y mira que el susodicho, tan veloz con el gatillo como ha demostrado ser, ha tenido ocasiones para expresar su opinión en parecidos términos siendo como es cargo público de un partido declarado judicialmente corrupto.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar