Mentiras como puños

JESÚS ALONSO 

Ahora que nos disponemos a afrontar cuatro elecciones en el plazo de un meses y, lo que es peor, cuatro emponzoñadas campañas que al igual que la Santísima Trinidad van a ser una, es procedente traer a colación el nombre del consejero de Economía de la Junta de Andalucía Rogelio Velasco. Y no porque haya descubierto el ungüento amarillo de las finanzas aplicadas a la gestión pública. Ni porque haya sido sorprendido metiendo la mano donde no debía y, por lo tanto, engordando la nómina de corruptos que exhiben los partidos. No.

Si conviene detenerse un instante en el peculiar responsable de las cuentas de la comunidad más grande y poblada de España nombrado a propuesta de Ciudadanos es porque ha dicho en voz alta y clara lo que todos, incluidos los políticos, conocemos al dedillo: que el tramo final de la carrera hacia los comicios que han de determinar ulteriores composiciones parlamentarias y consistoriales es la sublimación de la ficción en la que viven nuestros representantes. O, lo que es lo mismo, que la mentira es la principal de las ofertas que las formaciones políticas colocan en la sección de congelados del supermercado electoral.

A juzgar por algunas de sus intervenciones desde que porta cartera en el gobierno resultante del pacto entre PP, Cs y Vox que desalojó del Palacio de San Telmo a la ahora fan de Pedro Sánchez, Susana Díaz, el tal Velasco no tardará en convertirse en un codiciado objeto de deseo para periodistas ávidos de titulares rompedores y de análisis ajenos a la corrección política. Ya acumula en su cuenta corriente varios, pero dado el periodo de venta de burras con denominación de origen en el que nos hallamos destaca la soberana colleja que le dio en su primera comparecencia parlamentaria al nuevo jefe del ejecutivo autonómico, Juan Manuel Moreno, a propósito de la promesa que el entonces candidato hizo de crear 600.000 puestos de trabajo en la legislatura recién comenzada en aquellas tierras.

El consejero bajó el balón al suelo, aseguró que de eso nada, monada, y atribuyó el ya de por sí disparatado anuncio poco menos que a la charlatanería propia del momento preelectoral. Un pecadillo sin mayor trascendencia, hombre. Es decir, que los políticos gozan de bula para el bulo en cuanto repican las campanas llamando al colegio, electoral por supuestos. Le enmendó la plana a Juanma y, para redondear la faena, le dijo también que el compromiso de una bajada masiva de impuestos que había expuesto en mítines y demás parafernalia escénica provocadora de orgasmos orales era otra entelequia. Verborrea para incautos, vamos.

No es la primera vez que alguien admite que se ha recurrido a la trola para conseguir llevar el agua a su molino. Desde el líder eurófobo Nigel Farage, que confesó a las veinticuatro horas del triunfo del Bréxit que había mentido al asegurar que el Reino Unido reubicaría en la sanidad pública los 350 millones de libras semanales que pagaba a la UE, hasta Moreno, pasando por el potaje internacional que conforman los Trump, Putin, Abascal, Casado, Torra, Puigdemont, etcétera, menudean no ya las mentiras, que van de suyo, sino el desparpajo con el que sus autores acaban asumiéndolas sin que asome a sus pétreos rostros el más ligero atisbo de rubor.

Es llamativo y trágico que cuanto más nos mienten y más sabemos que nos mienten, porque ya hasta nos lo dicen a bocajarro, menos reaccionamos. Podemos ser alérgicos a la lactosa o al gluten y ponerle remedio evitando la ingesta de los alimentos que los contienen, pero con la mentira, que es el pan nuestro de cada día, hemos desarrollado tal nivel de tolerancia que la hemos metabolizado y no afecta a nuestro organismo. Nos la comemos acompañada de guarnición y la digerimos como cualquier otro manjar. La mentira es una estafa. Sin embargo, cuando el ofertante rompe unilateralmente el contrato de confianza firmado ante las urnas y encima le llama totolculo, inocente y pringao, el elector, en vez de armar la de San quintín en la calle y de ir a la oficina de reclamaciones, al departamento de atención al cliente o directamente al juzgado, que es lo que haría si se siente engañado en la compra de, pongamos por caso, una lavadora, se traga el sapo y a lo mejor hasta vuelve a votarle en el próximo timo. Y así nos va. 

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