Camps elige la segunda opción para pasar a la historia

JESÚS ALONSO 

¿Dónde está la corrupción?, preguntaba retóricamente el expresidente de la Generalitat Francisco Camps mientras clavaba en nuestra pupila su pupila azul tras conocerse la decisión de una jueza de procesarle por la construcción del trazado de la Fórmula 1 en un duro auto en el que argumenta, entre otras cosas, que el proyecto tenía el único objetivo de proyectar su imagen. Nadie, que se sepa, le respondió ‘poesía eres tú’ en la estrambótica comparecencia que organizó en el circuito de marras para anunciar una querella por prevaricación contra la titular del juzgado de Instrucción número 17, reiterar que es víctima de una persecución política, negar la mayor, asegurar que será absuelto porque no hay por dónde coger el asunto desde el punto de vista penal y defender como gato panza arriba tanto esta gravosa iniciativa como la igualmente suntuaria Copa del América de vela.

Hecho un basilisco, clamaba Camps al mismo cielo que acogió sus humildes preces instantes después de que el jurado popular le exonerara de la acusación de cohecho impropio en la pintoresca causa de los trajes que inició su viacrucis hace una década. No se le ocurrió entonces, como hace ahora, poner en cuestión la independencia del sistema judicial pese a que la Fiscalía del TSJ, dependiente estatutariamente de la Fiscalía General del Estado y, por lo tanto, del Gobierno casualmente en manos del PP en aquellos tiempos, no recurrió su exculpación aunque el resultado de la votación fue tan apretado como abundantes los indicios que apuntaban a una relación más que cordial con Álvaro Pérez ‘El bigotes’, a la sazón delegado en la Comunidad Valenciana de la Gürtel de Francisco Correa y otros gánsteres ahora en la cárcel.

Como diría Albert Rivera: escuchen el silencio. Dado que a la rueda de prensa en la que formuló la pregunta del millón no acudió la camada gurtelina por razones obvias, ni su antigua mano derecha ahora ejecutora Ricardo Costa, ni el seudoempresario alicantino Enrique Ortiz y otros presuntos industriales que han admitido a borbotones que financiaban al PP o, en función del lado de la mesa en el que se encontraban, se dejaban financiar, razón por la cual y negociación mediante con el ministerio público lucen condenas que les acreditan como delincuentes con pedigrí, nadie le replicó al rabioso compareciente que no hay más ciego que el que no quiere ver. Ni peor político que el que no ve, o dice que no ve, lo que ocurre a un palmo de sus molt honaribilísimas narices, añado.

Acumula Camps tantas sospechas en su currículum y su nombre aparece en tantos sumarios judiciales y en tantas bocas que, si bien es cierto que hasta aquí ha logrado zafarse de todas las imputaciones, a uno le viene a las mientes la parte del refranero que resuelve que tanto va el cántaro a la fuente que al final acaba por romperse. De momento, da la sensación de que entre las dos posibilidades que se le ofrecen para pasar a la historia ha elegido la de hacerlo como un presidente inútil, bobalicón, derrochador y megalómano, a la par que redomado embustero, que vivía en Babia mientras el partido que dirigía acudía dopado a las citas electorales y sus colaboradores más inmediatos disfrutaban de los réditos derivados de sus tratos con el hampa. La otra opción, la que no quiere ni oir mencionar, está en manos de los tribunales. Pero en cualquier caso tanto la una como la otra son igualmente inhabilitadoras y vergonzantes.

Camps no debería preguntar dónde está la corrupción, sino dónde no estaba durante sus mandatos.

 

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