Lo anacrónico debería ser la esclavitud

JESÚS ALONSO  

Todos conocemos a empleados de banca que cumplen religiosamente con el horario establecido en sus puestos de trabajo en jornadas que prolongan una, dos o más horas antes de llevarse faena a casa para, desde allí y al amparo del portátil y del móvil interesadamente prestados por la entidad, seguir sumando minutaje al maratón. Y estamos hartos de escuchar las quejas de asalariados, desde los que se ganan el condumio en el sector de la hostelería hasta los que lo hacen en el del comercio, que añaden a su precario contrato todo el tiempo que el patrón impone bajo la implacable advertencia en tiempos de penuria e inseguridad de ‘esto son lentejas: si las quieres las tomas y si no las dejas’, pero que no se verá reflejado pecuniariamente en la nómina.

Sabemos, porque así lo afirma la ministra en funciones Magdalena Valerio apoyándose en sesudos informes, que en este país se están haciendo a la semana más de tres millones de horas que ni se cobran ni se cotiza por ellas, lo que además de un robo privado implica una notable estafa pública al erario y, por lo tanto, una merma en los ingresos del Estado. No ignoramos que el registro de jornada que entró en vigor el pasado lunes con el respaldo de la justicia europea es una higiénica medida orientada a poner fin a una sangría a la que también contribuyen con su granito de arena trabajadores hiperespecializados en el arte del escaqueo, incluidos empleados públicos, de los que, mira por dónde, también tenemos fiel constancia. De la misma manera, no se nos escapa que la aplicación del invento pueda haber estado trufada de fallos e inconcreciones, dudas y desconfianza, y que haya generado inquietud en determinados ámbitos laborales pese a que su organización y metodología se dejó en manos de un empresariado que sabía desde hacía meses por dónde irían los tiros.

Sabíamos todo eso, más o menos, de la misma forma que no se nos escapaba que muchos de los encargados de poner en funcionamiento la norma, que disponían de toda la manga ancha posible en un sistema de control tan flexible, iban a hacerse los despistados, como admitió con un punto de coña marinera la titulara de Trabajo mencionada, y a hablar del caos venidero basándose en las clásicas y pintorescas excusas del mal pagador. En la era de las comunicaciones al segundo, donde las distancias se resuelven en un clic y la reuniones se celebran a través de pantallas de ordenador o de teléfono móvil, en la que las estrategias intercontinentales se planificaban casi a la misma velocidad que llega en un correo el ERE que afectará a un par o tres de miles de bancarios o de mecánicos, lo que algunos no nos esperábamos es que empresarios individuales o directivos de colectivos empresariales criticaran la medida por anacrónica y por constituir prácticamente un atentado a la confianza que debe presidir las relaciones contractuales.

Será por el perverso influjo de la reforma laboral aprobada por Rajoy, pero no deja de ser curioso que los que consideran un anacronismo la norma no vean -o al menos lo disimulan muy bien- anacrónico un método de explotación laboral lindante con la esclavitud. Y que para cuestionarla apelen a los daños colaterales que ocasionará en las relaciones cuasi personales entre el empleado y el empleador. ¿Habrá forma más expeditiva de romper los vínculos entre ambas partes si una de ellas atraca a la otra no reconociéndole su trabajo de la única manera posible?

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