Camps acusa de chapucero a Dios

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLleva el expresidente de la Generalitat Francisco Camps mucho tiempo dando señales inequívocas de que vive en una dimensión en la que el espacio y el tiempo se curvan hasta unirse en un círculo vicioso en el que la tangente resulta ser el ridículo más asombroso. Cada vez que abre la boca para responder sobre los asuntos que le mantienen desde hace años con un pie en los juzgados y el otro en su particular universo, sube el pan. Al margen de que las noticias que recibe de los tribunales sean buenas malas o regulares, el exjefe del Consell siempre tiene en la punta lengua una palabra, una frase o un latiguillo que además de causar perplejidad anima a sospechar que su reino no es de este mundo. Ni del otro.

Hay multitud de ejemplos que confirman que el todavía refugiado en el Consejo Jurídico Consultivo valenciano pese a los múltiples avatares judiciales que aun exonerándole de momento de responsabilidades penales en el ámbito de la corrupción avalan que no está en posesión de la dignidad que se le supondría como mandatario autonómico, padece un cuadro clínico seguramente derivado del calvario que atraviesa, en el que confunde su realidad con la realidad. Esta patología le impulsa a desbarrar de forma incontrolada hasta convertir sus intervenciones defensivas en patéticas performances.

La penúltima de estas situaciones que mueven a la conmiseración se ha producido a propósito de conocerse el archivo por parte de la Audiencia de Valencia de la causa sobre la construcción del circuito urbano de Fórmula 1 en la que estaba procesado por la titular del Juzgado de Instrucción número 17 en contra del criterio de la Fiscalía Anticorrupción, que consideraba que, en cualquier caso, el delito de malversación que se le imputaba habría prescrito.

Exultante y enrabietado, como-no-podría-ser-de-otra-forma, que diría un político al uso, el exlíder popular aborigen convocó a los medios de comunicación para lo de siempre. A saber: defender su honorabilidad y su honestidad, reiterar que es objeto de una persecución política por parte del PSOE, de Compromís y Podemos, situando sobre todo en la diana al accionista mayoritario Ximo Puig, etcétera. Pero claro, cuando uno se embala corre el riesgo de derrapar, y si lo hace llevando de copiloto al mismísimo Creador, la colisión es mortal de necesidad. Así que además de acusar de mentiroso a todo quisque (él, que ha sublimado el arte de la trola), desde el propio tripartito hasta la juez y a sus otrora colaboradores, tuvo la ocurrencia de proclamar a los cuatro vientos que desde que abandonó a la fuerza el terreno de juego la autonomía no ha vuelto a tener un gobierno «como Dios manda».

O sea que el pío Camps, el mismo que elevó los ojos al techo en una oración muda para dar gracias al Cielo nada más ser declarado no culpable en el asunto de los trajes, sigue considerando una bendición su paso como director de orquesta de un Consell que derrochó cantidades ingentes de dinero, que se financió ilegalmente, que amparó toda suerte de corruptelas con sus correspondiente metástasis municipales, que auspició redes clientelares plagadas de extrañas criaturas, que dio cobertura a una de las mayores partidas de bandoleros de la serranía, que tuvo entre sus más conspicuos miembros a delincuentes como Rafael Blasco, Ricardo Costa o Milagrosa Martínez y que cuenta por docenas los conselleres, altos cargos y dirigentes del PP inscritos en la lista de la infamia, en ocasiones junto a sus familiares.

Para Camps ha bajado el nivel político y no se le puede negar que tiene toda la razón: muchos de los que se embarcaron con él en uno de los episodios más oscuros de la historia de la Comunidad, trasunto lógico por lo demás de la época zaplanista, eran tan profesionales que a su lado palidecería hasta José Pelagio Hinojosa, más conocido como José María el Tempranillo. Un gobierno «como Dios manda», dice el «amiguito del alma» de El Bigotes, y uno no sabe si se está cachondeando del respetable o es que considera al Sumo Hacedor un vulgar chapucero.

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