Lo asombroso es que aún nos asombremos

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoPrimero fue aquella foto del cadáver de un inmigrante en una solitaria playa andaluza a pocos metros de la sombrilla bajo la que se protegía del sol una plácida pareja de bañistas. Años después vimos, inerte, al pequeño Aylán mientras las breves olas de la costa turca mecían su cuerpo como si se tratara de un peluche abandonado en la arena tras el juego infantil. Recientemente, un hombre salvadoreño y su hija de apenas dos años protagonizaban la tragedia que se registra también al otro lado del Atlántico. La imagen de ambos, ahogados, en la orilla del río Bravo, o río Grande según lo citen los mexicanos o sus vecinos del norte, volvió a conmocionar a la opinión pública, pero menos que la primera y muy por debajo de la segunda. Todas estas fotografías cumplieron su cometido como vacunas de efectos efímeros contra la insensibilidad. Porque mientras esto ocurría, el Mediterráneo seguía devorando a miles de sus hijos llevándoselos hasta el fondo y, por lo tanto, hurtando a la retina de los espectadores el derecho a saber lo que ocurre frente a sus narices y el deber de denunciarlo una vez superado el asombro. Ojos que no ven.

Nos escandalizamos compulsivamente. El pasmo nos dura un suspiro. La estupefacción se acaba cuando empieza el siguiente motivo de estupor. La conmoción, el sobrecogimiento, el desconcierto pasan raudos debido a la hiperinflación de asuntos asombrosos que nos rodean. Lo asombroso es que todavía nos asombremos por algo. Flipamos con la caterva de impostores que, bajo la apariencia de personas interesadas en la preservación del bien común y en la defensa del interés global y de otras mandangas argumentales, juegan a la brisca con nuestros intereses y se enrocan en sus cuitas particulares en un supremo esfuerzo por demostrarnos su insolvencia y animarnos a que en las próximas elecciones les propinemos un soberano corte de mangas. Pero al final, aunque con los ojos como platos dada su persistencia en el sectarismo y la incapacidad, acudimos dócilmente a abrevar en las urnas, donde cumplido el trámite no tardaremos más allá de un par de horas en sorprendernos de nuevo con alguna ocurrencia de aquellos a los que ingenua o temerariamente hemos dado un cheque en blanco para que nos representen.

Vivimos en el asombro permanente o, mejor, en la sucesión de asombros, y no sería extraño que las siguientes generaciones vinieran al mundo, ya de fábrica y por razones genéticas, con la cejas enarcadas y la boca abierta en un prolongado !ooooooooh¡. Lo sorprendente no es que nos sorprendamos, sino que todavía lo hagamos. Nos enteramos, aunque ya lo sabíamos, de que los jóvenes españoles ganan menos que hace una década gracias a la sabiduría inconmensurable del mismo Banco de España que precisamente diez años atrás no vio venir la crisis bancaria ni los demás factores endógenos que coadyuvaron a una tormenta económica perfecta que se repetirá en breve pese a los cientos de pronunciamientos de nuestros prohombres y promujeres que, entre otras estupideces, aseguraron en aquel entonces que de las crisis se sale reforzado, afirmaron que habían entendido la lección, garantizaron que no incurrirían en los mismos errores, invocaron soluciones basadas en el conocimiento y en la investigación y proclamaron la organización casi espartana de las administraciones para evitar que el dinero que fluye de los bolsillos de todos se fuera por el sumidero del derroche.

Como se puede apreciar, todo se ha cumplido: las inmobiliarias ocupan los espacios en los que antes los banqueros estafaban a los impositores para después pedir un rescate; la I+D+i es una entelequia; la educación, excesivamente mediatizada por una sotanería que sigue apostando por la estabulación del rebaño, está hecha unos zorros; la inteligencia continúa en el exilio porque los sueldos patrios no dan ni siquiera para malvivir; la brecha abierta entre los que más tienen y los que menos poseen es insalvable hasta para un campeón olímpico de salto de longitud; la burbuja acecha; los alquileres suben, los precios de los productos básicos no bajan y los magros sueldos logran que haya trabajadores pobres. Pero, ¡ooooooh¡, para nuestro asombro, el Banco de España nos ha hecho saber que los jóvenes sin formación ganan menos que a finales de los años noventa, que el mercado laboral parece más un mercado de esclavos y que las soluciones están donde estaban incluso antes de que el Gobierno decidiera aumentar el salario mínimo interprofesional, medida que el banco central del Estado consideró erróneamente un ariete contra la creación de empleo.

Es asombroso que los sesudos analistas bancarios nos den cuenta, con cargo al erario, de una situación que conocemos por evidente. Solo hay que salir a la calle para asombrarse de que intenten asombrarnos con sus vaticinios a toro pasado y sus ungüentos amarillos caducados. Hay que mirar con los pies fuera de la moqueta, o con el culo alejado del escaño, no para ver sino para saber ver por qué estamos perplejos. Menos cada día que pasa, eso sí.

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