Seguimos entre lo malo y lo peor

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoMientras en La Rioja, donde no hay tranvía ni metro pero tenemos un vino que resucita a los muertos según proclama la jota, el PSOE se ha quedado provisionalmente compuesto y sin novia en su afán por gobernar la autonomía después de veintitantos años de hegemonía popular gracias al empecinamiento de Podemos por ser el niño en el bautizo, el consorte en la boda y el muerto en el funeral, la derecha pactaba en Murcia un acuerdo de investidura que eleva a la Presidencia de la Región al candidato del PP con el apoyo de Ciudadanos y el consentimiento vigilante de Vox.

Al mismo tiempo que en la Asamblea de Madrid los pupilos de Casado, Rivera y Abascal siguen templando gaitas aunque al final acabarán afinándolas por imperativo de la batuta de la ultraderecha, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, los Pedro Picapiedra y Pablo Mármol del cómic nacional, no se aventuran a gritar el ancestral Yabba Dabba Doo con el que el primero ponía fin a su jornada laboral en la cantera. Es tal la ausencia de química que muestran y nos demuestran que ni siquiera Wilma les abriría la puerta para echarse unas partiditas de Trivial junto a Betty. Así que todo bicho viviente tontea con un adelanto electoral del que solo nos libraría que la heroica renuncia a ser ministro del líder morado no sea en realidad una nueva pose que dé carta de naturaleza a otro guirigay. Mucho están tardando en darse cuenta de que, a lo mejor, no es solo la señora Picapiedra la que se negaría a franquearles el acceso al hogar dulce hogar o, lo que es lo mismo en este caso, a esos escaños que son el apeadero hacia la estación término situada en la Moncloa.

¿Pero quién había ganado aquí, nosotros o los nuestros? Eso es lo que se preguntan los frustrados electores ante el comportamiento de una izquierda cainita, chinchorrera, ombliguista, simplona, patética, con menos cintura que un diplodocus y que siempre acaba favoreciendo a sus enemigos ideológicos. Y si se lo preguntan es, entre otras razones, porque lo que ven no les gusta. En primer lugar porque no se parece a lo que les prometieron. Y en segunda posición, aunque ya se sabe que el orden de factores no altera el producto, porque junto a aberraciones como la supresión de Madrid Central sin alternativa y por cojones, que diría el comisario Arias Cañete, lo que ha ocasionado varios varapalos judiciales y alguna reprimendas de la UE, se están emitiendo señales preocupantes que amenazan con situarnos en la casilla de salida. O incluso más atrás: en al abismo.

No sabemos si el panorama se despejará. Lo que sí tenemos claro es que los nubarrones por el hipotético apoyo a Pedro de los independentistas, filoetarras, comunistas estalinistas-castritas-chavomaduristas, gays y lesbianas, transexuales y bisexuales, y demás gente de mal vivir, no dejarán de planear sobre su hermosa cabeza. Mientras la tormenta discurre al albur del viento o el diluvio descarga, depende, lo preocupante es que en medio de semejante estado de postración siguen pasando cosas tan escandalosas como que el Tribunal de Cuentas haya exonerado a la excalcaldesa de Madrid Ana Botella y a siete altos cargos de su consistorio, de pagar los 25,7 millones a los que habían sido condenados en primera instancia por vender muy por debajo de su valor de tasación a un fondo buitre casi dos mil viviendas sociales, muchas de ellas con los inquilinos de cuerpo presente.

La exculpación tendría un pase, que para eso está el Estado de Derecho, la independencia de los jueces, las apelaciones, los recursos y demás zarandajas, si no fuera porque, ay, resulta que en la revocación de la sentencia intervinieron decisivamente dos consejeros propuestos por el PP, uno de los cuales, para más inri, resulta que es Margarita Mariscal de Gante, otrora ministra de Justicia de Aznar, quien casualmente está casado con la Botella. Pero siendo esto rematadamente malo, lo peor es que, pese a que el disparate atenta contra los intereses económicos y morales de los madrileños y, por extensión, de los españoles todos, el alcalde de la capital del Reino, el inenarrable Martínez-Almeida, ha anunciado que su gobierno no recurrirá.

O sea que, hala, majetes, a dejar de tocarse y de tocarnos las gónadas y a trabajar por el propietario del país. Que aquí afuera, a pesar del bochorno, o precisamente por el bochorno, hace un frío que pela y no tenemos un mal capote que echarnos sobre los hombres.

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