Isabel y la extraña familia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHizo tantos guiños a la ultraderecha y a sus antecesores en el cargo que al final de su investidura parecía que tenía un tic en un ojo. Algo similar a ese movimiento involuntario y repetitivo que con tanta maestría imitaba Millán Salcedo en el celebérrimo sketch de las empanadillas que llevó a la tele junto a Josema Yuste bajo la marca Martes y Trece pudieron sentir los asombrados televidentes y radioescuchas cuando apenas unas horas después de que en el calor del, digamos, debate, Isabel Díaz Ayuso calificó a Íñigo Errejón como «el mayor traidor de la política española» se supo que el que fuera presidente interino de la Comunidad de Madrid con el PP, Ángel Garrido, iba a ocupar la cartera de Transportes en el nuevo Gobierno.

Es decir, que mientras la entonces todavía presidenta en ciernes se ponía brava con el diputado de Más Madrid, que le había afeado su mutismo en torno al enrevesado asunto paterno que la vincula a un presunto alzamiento de bienes, por la puerta de atrás se colaba el sucesor de Cristina Cifuentes, un tránsfuga de libro que recaló en Ciudadanos una vez Pablo Casado le agradeció los servicios prestados y le dio la patada tras el duro trance de los másteres y las cremitas cosméticas que acabaron con la carrera política de la interfecta.

Con tintes de broma empezaba la singladura por el proceloso mundo de la Asamblea de Madrid de Ayuso. Persona, por lo demás, que ya venía apuntando maneras como futura friki en el abarrotado circo que conforma la política española. Nada extraño si nos atenemos a la circunstancia de que su discurso, en el que solo se echó en falta que las señorías de la bancada azul y naranja gritaran a pie firme el tradicional «que se besen» tras los arrumacos que le hizo a la portavoz de VOX, Rocío Monasterio, contó con el magisterio de Miguel Ángel Rodríguez. El otrora fiel estratega de Aznar, liberal de pro y, por lo tanto, perceptor de abultadas cantidades de dinero público para sus negocios privados, además de turbulento tertuliano aficionado a la bronca y a conducir pasadito de alcohol, se incorporaba así al renovado Partido Popular del no menos actualizado Casado.

Ver a la jefa del ejecutivo autonómico en los brazos de la extrema derecha, que a lo mejor es donde siempre ha estado su tribu, y asistir a la impúdica declaración de amor que hizo a los discípulos de Santiago Abascal casi nos hizo olvidar que la que ya están promocionando como dama de hierro de la formación conservadora carga a la espalda una abultada herencia de desafueros que ha convertido a esa autonomía en el principal campo de pruebas de la corrupción nacional. Que tres de los últimos presidentes –Esperanza Agurirre, Ignacio Gonzalez y la ya mencionada Cifuentes– se las tengan tiesas con la justicia junto a un sinfín de cargos orgánicos y administrativos de primer nivel y de segunda y tercera fila, y que ella misma haya aterrizado rodeada de una polémica que aún no ha resuelto por la obligatoria vía de la comparecencia para dar explicaciones, es como para hacérselo mirar.

Y oír hablar de traiciones a una militante de un partido que tiene en su ADN el tamayazo o, lo que es lo mismo, la deserción de los parlamentarios socialistas Eduardo Tamayo y María Teresa Sánchez, que con su cambio de voto propiciaron que el candidato del PSOE Rafael Simancas se quedara compuesto y sin Presidencia y dejaron expedito el camino para que Aguirre convirtiera el territorio en la cueva de Alí Baba con el imprescindible permiso, claro, de los madrileños, resulta delirante.

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