Expertos en dietética

JESÚS ALONSO  

La mejor dieta para un político es tragarse sus palabras. La frase es de Winston Churchill, pero la pronunció Mariano Rajoy, previa atribución de autoría, durante uno de esos grotescos encuentros entre expresidentes del Gobierno que organizan bancos, aseguradoras y otras empresas y entidades económicas y sociales para lucimiento de los intervinientes desde la lejanía política, lo que les permite, entre otras piruetas, hacer bromas, soltar gracietas, admitir graves errores con una sonrisilla pánfila o con un gesto impostado y transmitir a la concurrencia la impresión de que la cara de perro que mostraban en plena lid formaba parte del teatrillo.

El auditorio se partía de risa con la intervención del exlíder del PP que prepara la publicación de sus memorias -¡Virgen santa!- mientras por lo bajini se oía a su homólogo socialista Felipe González celebrar la ocurrencia. Acababa de admitir Rajoy, con una osadía que maldita la gracia, que se había presentado a las elecciones que ganó por mayoría absoluta con la promesa de bajar los impuestos y que nada más hacer el primer pis en la Moncloa subió el IRPF a lo bestia. Con el público entregado y jaleando al mentiroso de la misma manera que se aplaude al prestidigitador o se admira a la chita callando el magisterio del carterista o del timador, introdujo la cita del primer ministro británico y aquello fue el acabose.

Sabía de lo que hablaba, desde luego, como lo saben la totalidad de los actores que intervienen o han intervenido en la farsa. Baste recordar que el ponente era el mismo que en su mocedad, siendo ministro de Aznar, no tuvo más remedio que comerse los ‘hilillos de plastilina’ que salían del Prestige hundido frente a las costas gallegas tras conocerse que estábamos ante el mayor vertido de petróleo de la historia. Y que hubo de hacer lo propio años después de que respaldara a personajes del calado de Jaume Matas, Francisco Camps, Carlos Fabra o Rita Barberá. Regurgitó que quería una España a imagen y semejanza de las Baleares de rechupete que había logrado el delincuente mencionado en primer lugar, y aseguró que siempre iba a estar delante o detrás, o a un lado, del segundo, este todavía actualmente en grado de presunción aunque suficientemente desacreditado, para a renglón seguido, cuando la fuerza de los hechos le mostraron la vía del esófago, tragarse sus palabras con patatas fritas y sin bicarbonato contra la acidez de estómago que le provocó la ingesta.

Si históricas son las envainadas de Rajoy, o de su antecesor Rodríguez Zapatero cuando pocos meses antes de la hecatombe se jactó de estar en la Champions League de la economía mundial y a punto de superar el PIB de Italia, las de Albert Rivera son difíciles de superar. Si rectificar es de sabios, el líder de Ciudadanos se ha hecho digno acreedor al Nobel. Claro que si nos atenemos a que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra habrá que convenir en que lo que parece virtud es torpeza simple y llana en el caso de Rivera. El caso es que en pleno desfile de eslóganes electorales de cara al 10-N y seguramente acuciado por el desastre que le pronostican las encuestas y por la sangría de dirigentes, el acelerado político que empezó en la socialdemocracia para acabar pactando por partido interpuesto con la extrema derecha, ha cocinado en una perola el cordón sanitario con el que pretendía estrangular a Pedro Sánchez, le ha añadido un poco de agua, algo de morro y mucho Avecrem y se ha zampado una sopa de fideos que ha dejado boquiabiertos a propios y extraños, sobre todo a propios, para solaz y disfrute de ‘la banda’ con la que no se podía ir ni a la vuelta de la esquina.

El dónde dije digo digo Diego de Rivera ha sido acogido por el presidente en funciones con la socarronería propia de quien ha demostrado tener unas buenas tragaderas. ‘El pánico hace milagros’, ha dicho el líder socialista sin caer en la cuenta de que vaya usted a saber si a la postre y tal y como está el panorama, que es el mismo que había tras las pasadas elecciones y que el que quedará después de que se celebren las siguientes, tendrá que papearse sus palabras como quien deglute un sapo. Lo que resta ahora es conocer si el pendulante Rivera ha dado por terminada su dieta de rectificaciones o si, por el contrario, todavía cree que tiene sitio en el estómago para nuevas remesas de condumio.

 

 

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Comentarios   

0 #1 go to the website 09-10-2019 05:07
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