Cosas veredes

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDurante el día aquello parece un parque de bolas: chavales saltando a la comba, jóvenes jugando con balones de plástico que utilizan como pelotas de tenis en una cancha en la que la mediana de la autovía bloqueada por los marchadores hace las veces de red, o que sobrevuelan de aquí para allá las cabezas de los concentrados en la calle. Algunos de ellos van a chocar intencionadamente contra el cuerpo de los periodistas que cubren la información, pero como son blanditos, de esos que venden los chinos a un euro o menos, no pasa nada. Jijí, jajá y que siga la performance. Un señor de frente despejadísima capilarmente hablando y de edad casi provecta según acredita el cabello blanco que peina en melena (lo puso Ibáñez en boca de Mortadelo: los calvos con melena son muy feos y dan pena) y su indumentaria ochentera se une a los que manejan la soga y salta más veces que sus imberbes compañeros, lo que provoca una sonora ovación de los circundantes.

Entrada la noche, sin embargo, la cosa se convierte en un aquelarre. Una noche de San Juan que se asemeja a la de Los Cuchillos Largos. Un solsticio de verano en pleno otoño en el que arden coches, contenedores, árboles y, sobre todo, el buenismo de los que se empeñan en mantener incólume la difusa línea que separa las manifestaciones violentas de las pacíficas. El escalofriante Torra, que no se había enterado de que le estaba ardiendo el país hasta que llegó a su portentosa nariz el acre olor a chamusquina, condenó tarde y mal las algaradas de «los que no nos representan», dijo, desertando una vez más de su obligación de representación universal como el presidente interpuesto que es del Govern. Su mano derecha, la impagable portavoz Meritxel Budó, abundaba entre tanto en la esquizofrenia imperante y admitía que, efectivamente, el humo no les dejó ver el fuego.

En la bipolaridad incurriría de nuevo el Molt Honorable. Era de noche también, cuando todos los gatos son pardos. Para variar, se quejaba de que el Estado opresor continuaba vulnerando los derechos y libertades, incluida la libertad de expresión, de los catalanes. Parecía que no se percataba de que estaba haciendo la denuncia en la televisión autonómica, es decir, en un medio de comunicación público sin que la Guardia Civil irrumpiera en el estudio, mientras sus sojuzgados conmilitones seguían expresando en vivo y en directo, en la calle, en la tele, en los periódicos y en las radios, en twitter y en instagram y hasta en las hojas parroquiales, tal y como vienen haciendo desde hace años, sus opiniones y reclamaciones. Casi al mismo ritmo que siguen sus líderes por tierra mar y aire sin que ninguno haya ido a parar al juzgado por hablar, pontificar, intoxicar, mentir, envenenar, provocar ataques de nervios, promover ataques de risa, ejercitar la demagogia, el victimismo, etcétera.

La capacidad de asombro de los que vemos los toros desde la barrera hace tiempo ya que desbordó los cauces de la normalidad. Comparece el titular del Interior Fernando Grande Marlaska, al que el secretario general del PP Tedoro García Egea ha reprochado, para añadir un poco más de combustible a la pira, que se fuera a cenar en plenos disturbios. Tira de muletilla y, a coro con sus condiscípulos del Consejo de Ministros, asegura que el Gobierno garantiza el derecho de los ciudadanos a movilizarse. No habla, sin embargo, del derecho que también asiste a los ciudadanos a desplazarse en aviones, coches, autobuses, trenes o, si fuera menester, en carretilla. Y la extrema derecha, la de los palos, hace su aparición para repartir estopa entre los que, menos caramelos, reparten de todo. Y la diputada del PdJxCat en el Congreso de los Diputados, Miriam Nogueras, reserva para sus paisanos en exclusiva el derecho a defender valores porque dice que según el eurobarómetro los españoles somos los menos informados en la materia y si no conocemos dichos valores no estamos habilitados para salir a defenderlos.

Y un adolescente muestra a la cámara una pelota de goma, o de poliespán, o de viscolástica, que han disparado los policías y el congresista Rufián arremete contra la violencia policial. Y Torra sorprende hasta a su gobierno anunciando otro referéndum de paja. Y siguen con la matraca de que los violentos son una minoría. Infiltrada, en opinión del president y su colla, pero cualificada si nos atenemos al aparataje que utilizan los guerrilleros: desde papel higiénico hasta ácido, pasando por pirotecnia con la que disparan a los helicópteros, y cócteles molotov. Y el fugado Puigdemont saca pechito después de presentarse en el juzgado belga para ser apercibido de que los tribunales españoles lo quieren aquí de cuerpo presente. Y, para cerrar la semana trágica de Barcelona tras la sentencia del Supremo, o para empezar la siguiente que se aventura igualmente dramática, la portavoz del grupo Junts per Catalunya en el Congreso, Laura Borràs, disfrutaba en una entrevista radiofónica del mundo idílico del independentismo pacifista al mismo tiempo que en las calles de la capital Dante abría las puertas del infierno.

Y... Pues eso: ¿Y? Oremus, como Junqueras. Se lavan las manos, pero lo que está ocurriendo es que se les ha ido de las extremidades superiores lo que tan temerariamente vienen promoviendo con la complicidad desde hace lustros de un Estado cuyos dirigentes se han dedicado sistemáticamente a papar moscas.

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