En pocas palabras

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA) Paripé. Vaya por delante que uno participa de la opinión de que en materia política, como en los demás órdenes de la vida, hay que hablar hasta con el diablo, y hasta que se seque la saliva y se agrieten los labios por falta de hidratación, para alcanzar soluciones que satisfagan, si no a la totalidad de los ciudadanos, sí al menos al mayor porcentaje posible de ellos. Porque la alternativa al diálogo es la confrontación paralizante y el encastillamiento en postulados intransigentes que pueden derivar en salidas por la tangente. Y la tangente es un peligroso carril de aceleración por el que suele circular el odio a lomos de carros de combate. Dicho lo cual, la charleta que mantuvieron el portavoz del ultraderechista Vox en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, el líder de Podemos y vicepresidenciable en ciernes Pablo Iglesias y la superviviente y aspirante a sobrevivirse a sí misma en Ciudadanos, Inés Arrimadas, en los agasajos organizados con motivo del Día de la Constitución, resultó de lo más extemporáneo. Después de escuchar las gravísimas descalificaciones y las tremendas acusaciones que se dedican asiduamente los unos a los otros, y viceversa, y que se seguirían prodigando en sus respectivas comparecencias ante los medios de comunicación a renglón seguido, tanta carcajada y tanta complicidad se antojaba un paripé o, lo que es peor, un paripé dentro del paripé que rige las relaciones entre los partidos. No se trata de que se maten a mordiscos en la batalla política, pero hay que mantener cierta circunspección y decoro de cara al respetable que aún les cree respetables. Los besos con lengua sobraron.

B) Vergüenza. «Mascota internacional del alarmismo climático», «mentalmente inestable», «niña petulante», «mesías profundamente perturbada». La minúscula activista contra el cambio climático Greta Thunberg ha recibido estos y otros calificativos igualmente cargados de cariño por parte de desaforados columnistas de periódicos y comentaristas de radio y televisión enmarcados en el espectro de la derecha ideológica patria. Vale que el despliegue que organizaron sus mentores para traerla a la cumbre del clima que se celebraba en Madrid rozaba lo estrafalario y lo estomagante. Vale que su presencia ha provocado un excesivo derramamiento de babas en algunos sectores militantes especialmente sensibilizados con un problema todavía puesto en duda por las hordas medievales pese a las evidencias. Vale que la chavala se ha prestado al papel de Bernadette Soubirous, Juana de Arco y Heidi que le había sido reservado con motivo de la COP 25. Pero de ahí a desautorizar su mensaje en base a sus problemas mentales y a censurar a sus padres, a los que se ha vituperado por promover su absentismo escolar y por explotarla laboralmente, entre otras lindezas, va un trecho. ¿Ladran los negacionistas ante la ola movilizadora que ha generado sobre todo entre la chiquillería la eclosión de este nuevo icono? Pues vale. Cabalgamos.

C) Tranqui, tronco. Los independentistas de ERC entendieron que el secretario general del PSOE y presidente en funciones, Pedro Sánchez, daba por hecho que los tenía en el bote de cara a su investidura. Desde entonces, incluso desde antes, la salmodia se puede escuchar a diario en el inmenso erial donde la única planta que arraiga a mansalva es el galimatías. «No hay prisa» se ha convertido en el villancico estrella de la Navidad. En cuanto les ponen una alcachofa delante, los dirigentes republicanos convierten el verso en estrofa al tiempo que ensayan una enervante sonrisilla de superioridad moral, o de las otras, de difícil digestión para los que –catalanes o no– sí están acuciados por la necesidad de normalizar sus vidas y sus haciendas con el menor número de sobresaltos posible. El «no hay prisa» es una chulería propia de autosuficientes que creen tener la sartén por el mango. Y al margen de sus aspiraciones soberanistas y demás entelequias derivadas de la abducción que padecen, una irresponsabilidad administrativa y un chantaje gansteril. Ante las cámaras de televisión se quejaba un civil secesionista, que tampoco tenía prisa, de la permanente tiranía española. Y, vaya usted a saber por qué, tal parecía que estuviera tirando piedras contra su propio tejado.

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