Hacia la Inteligencia Artificial sin pasar por la Otra

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA juzgar por su aspecto vetusto, los contenedores de basura de mi barrio fueron instalados en la calle por los primeros fenicios. A todas horas se ven voluntariosos ciudadanos provistos de bolsitas de plástico y de botellines de agua, mejorada a veces con detergente, que no dejan deposición alguna de sus mascotas expuesta a las inclemencias del tiempo y al escrutinio del vecindario. Otros, por el contrario, entienden que la vía pública es una letrina al aire libre en la que sus perros, en ocasiones en jauría y de tamaños descomunales, no solo pueden defecar sino que además tienen derecho a que el resultado de su digestión perdure en el lugar elegido –una acera, un alcorque, un parterre– in sécula seculórum.

Mi barrio alicantino, populoso y tal, no es una excepción. Hay muchos más en la periferia del centro primoroso y turístico que ofrecen a quien se aventura a hacer una incursión un aspecto igualmente deplorable, como dejado de la mano de un Dios encarnado en la concesionaria del servicio de limpieza y en las autoridades domésticas. Si los jardines públicos son un ejemplo de abandono, el asfalto que los circunda apenas se puede vislumbrar dada la acumulación de todo tipo de residuos que al albur del viento recorren grandes distancias durante años sin sufrir el placaje escobado del empleado de la onerosa UTE.

Al barrio, festero y tal, llegaron los ecos del endurecimiento de las sanciones a los infractores de la normativa y la advertencia a la adjudicataria para que se esmerara en su cometido después de que fracasara estrepitosamente el enésimo plan de choque municipal, en cuya cartelería publicitaria figuraban el alcalde Luis Barcala y el edil del ramo Manuel Villar sentados en un sofá en medio de lo que se considera, vaya usted a saber por qué, un emblemático paseo. Pero como quien oye llover, oiga. Mi barrio, campechano, laborioso y tal, y la ciudad en la que se integra, continúan, pellada de can arriba, bote de bebida isotónica abajo, como lo dejó el informe de la Organización de Consumidores y Usuarios de abril: a los pies de los caballos y en la cúspide de la urbes más guarras de España.

Debe de ser esto, o la incapacidad de los gobernantes aborígenes para encender las luminarias navideñas en tiempo y forma, o su impotencia a la hora de poner fin al pandemonio hostelero que impide conciliar el sueño al vecindario y dificulta su desenvolvimiento callejero, etcétera, lo que le lleva a uno a desternillarse de risa cuando se entera de que Alicante se está convirtiendo en el no va más en materia de inteligencia artificial. Es decir, que sin superar el estadio de la inteligencia natural aplicada a la solución de contenciosos no excesivamente enrevesados como los mencionados, estamos a punto de superarnos a nosotros mismos sorteando la imprescindible transición evolutiva. Lo dice el presidente de la Generalitat Ximo Puig cuando anuncia que Alicante será sede de uno de los centros de referencia en investigación en Inteligencia Artificial en Europa y lo repite en cualquier foro que se le ponga a tiro el primer edil, tan experto en pedir disculpas como novicio en encontrar soluciones que, además, tiene su propia estrategia de IA para competir con la del Consell. Humo y oropel, vamos.

Si metemos «Alicante» e «Inteligencia» en la misma frase tenemos un oxímoron equiparable a «música militar» o a «fiesta taurina». Al parecer, caminamos hacia el futuro sin haber pasado por el pasado, lo cual no se sabe si es un distopía o un despiste. Pero el caso es que el aparato de propaganda habitual acaba de lograr que un colectivo de entidades haya otorgado un premio al servicio de limpieza. Lo recogió el edil responsable de las manos del principal regidor municipal en reconocimiento a la labor que realiza para el mantenimiento de la imagen de la ciudad. Y la cosa tendría un pase dentro del apartado de ficción de este tipo de saraos si no fuera porque uno de los cuatro integrantes del colectivo homenajeador es la fundación de un reputado oftalmólogo multipremiado. Mala publicidad para la marca, pardiez, porque transmite la impresión de que sus gestores no ven tres en un burro.

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