Independencias, pendencias y dependencias

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSe están llevando el gato al agua. Los de Vox, digo. La extrema derecha, esa que parecía inexistente hasta hace nada como quien dice gracias a que estaba mimetizada en el PP, ha logrado un nivel de influencia y una repercusión social que se alimenta básicamente del batiburrillo actualmente en vigor. Crecen y se crecen los cuatro jinetes del apocalipsis –Abascal, Monasterio, Espinosa de los Monteros y Ortega Smith- con el riego por goteo que les suministran a diario los irredentos y mentecatos independentistas catalanes, el dependiente Gobierno de coalición que se frota la manos con fruición y sus insondables misterios, la derecha dependiente que ha elegido competir en el exabrupto y la desproporción y, como corolario, el desasosiego de una población pendiente de todos y de todos dependiente a la que se le está imponiendo que tome posiciones en lo que se asemeja a una guerra de trincheras en la que nadie parece dispuesto a hacer prisioneros.

Los ultras han logrado que incorporemos a nuestro lenguaje con toda naturalidad términos que creíamos obsoletos. Hasta en los cenáculos más solventes se pronuncia en la misma frase «patria» y «traición» y no hay que irse muy lejos para escuchar llamamientos, tácitos o expresos, a la intervención del Ejército al amparo del tal o cual artículo de la Constitución referido a la indisoluble unidad del territorio nacional. Entre alusiones al guerracivilismo, advertencias de que el coco comunista está a la vuelta de la esquina junto al lobo soberanista, el ogro bolivariano, el espectro etarra y demás monstruos, medra la carcundia como la mala yerba mientras el pensamiento, si es que lo hay, queda en barbecho. Y de poco sirve que un día sí y otro también se demuestre de forma palmaria que los cimientos a los que se han aupado tienen la base de barro. Da igual que empleen vídeos del año de la catapún grabados en los más insólitos lugares del orbe, manipulados, tergiversados o sacados de contexto para defender sus delirantes posicionamientos en torno a la educación, la violencia de género, el sexo o cualesquiera otra de las bestias negras que han convertido en su razón de ser y de estar en las instituciones.

Los extremistas de derechas, que han llegado hasta donde ni se imaginaban con el apoyo indirecto de sus declarados enemigos de la izquierda y el directo de sus consanguíneos más moderados, han elevado la mentira a la categoría de obra de arte y han solemnizado el bulo con un desparpajo-trampa en el que está cayendo como bambis el resto de los políticos. En vez de mandar a freír espárragos, o al psiquiatra, a Santiago Abascal cuando denuncia juegos eróticos infantiles en colegios apoyándose en imágenes que no se corresponden con tan grave acusación, se produce una conmoción en la bancada contraria que no hace sino alimentar futuras digresiones. Y en lugar de hacer caso omiso a Rocío Monasterio y de ofrecerle un colutorio para sus gárgaras después de proferir, siempre entre dientes, algunas de sus barbaridades o sandeces, sus señorías le dan cuartelillo para que siga llenando espacio en los medios de comunicación, cómplices necesarios, también, en la incesante caminata de esta banda de pendencieros hacia la reconquista de ellos sabrán qué.

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